viernes, 22 de enero de 2010

Libres del Sur - Desde su nombre LA CONSPIRACIÓN




Imagen tomada de http://www.peronvencealtiempo.com.ar

ROSAS, LA SOCIEDAD RURAL, LOS TERRATENIENTES Y ÁLVARO YUNQUE


FRONTERAS Y TERRITORIOS FEDERALES DE LAS PAMPAS DEL SUR, por Álvaro Barros (con estudio preliminar de Álvaro Yunque). Ed. Hachette, Colección “El pasado argentino”, Buenos Aires, 1960.


El libro de Álvaro Barros


Poco se ocupa Barros de Rosas: elogia parcamente su conquista del desierto de 1838 y su manera humana de tratar a los indios, sin apearle los epítetos de tirano, tiranía al hombre y a su gobierno. Pero el libro es de 1872, y ya dice mucho a favor de Rosas con lo poco que dice. Golpea fuerte, en cambio, a Rivadavia y su política con los indios (entre otras cosas recuerda una frase suya : “Los indios son mala gente, hay que acabar con ellos”) sin escatimarle el calificativo de civilizado a don Bernardino y a su ministerio en la provincia. No lo hace por ironía. Usa tanto aquí como allá lugares comunes.


Nada de eso tiene importancia, ni en 1872 ni en 1960.




El “Estudio preliminar” de Yunque.


En cambio nos interesa el Estudio Preliminar de Álvaro Yunque por sus fáciles observaciones a la política agraria de Rosas.


Yunque es un literato de mérito, pero sus trabajos históricos se resienten de exceso de imaginación. Lo que no sabe, lo adivina. Eso podrá hacerlo un poeta, pero no constituye un buen método histórico.


Es un denodado antirrosista, rezagado discípulo de Ingenieros. Todo lo malo del país viene de Rosas, y por supuesto lo poco bueno, de los enemigos de Rosas. Entre las cosas malas que no gustan a Yunque – y compartimos – está la oligarquía. Ve solamente la oligarquía terrateniente, dejando de lado la más peligrosa formada por los abogados y empleados del capital extranjero, políticos ayudados por el mismo capital, consorcios familiares de diarios al servicio de éste, y sobre todo los intelectuales – el padre Castellani diría inteligenteuales – que siempre despistados sobre la realidad del país sirven inconscientemente (algunos con plena conciencia) las consignas de ultramar.


El peligro de los esquemas fáciles


Yunque sabe que Rosas fue un estanciero, e imagina por lo tanto que su política agraria debió ser en beneficio de los estancieros. Se maneja por esquemas fáciles que le sirven para encontrar respuestas inmediatas a los interrogantes de la historia Argentina sin necesidad de recurrir a la investigación. No es, por demás, ésta una novedad de Yunque: andan por ahí muchos marxistas (seudo marxistas dice un amigo mío en defensa de Marx) cuyos juicios históricos no tienen más asidero que estos esquemas. Para ellos como Rosas fue un estanciero, su gobierno debía ser el gobierno de los estancieros, y el pronunciamiento de Urquiza, la lucha de los estancieros del litoral contra los estancieros de Buenos Aires. Nada más necesitan saber. Claro que es también fácil volver esta arma en contra de estos marxistas a la violeta, preguntándoles si Lenín, que era un pequeño burgués, hizo la revolución de octubre en beneficio de los pequeños burgueses.


Volvamos a Yunque, Rosas fue un benefactor de la oligarquía terrateniente, asegura ; a veces se entusiasma un poco y lo llama el creador de la misma. Eso como axioma que no precisa demostración: Rosas fue estanciero terrateniente, por lo tanto debió gobernar en beneficio de los estancieros terratenientes. No importa que el silogismo se encuentre cojitranco pues no basta saber que Rosas era estanciero para extraer semejante conclusión, sería necesario demostrar que todo hombre gobierna en beneficio de su clase,segundo término del razonamiento. Si no se demuestra esta segunda premisa, no se hacen silogismos, que necesitan dos pies para andar, como los seudomarxistas.


La oligarquía y la enfiteusis


Dando por sabida la verdad a probar, Yunque se introduce en el campo histórico.


Empieza con la enfiteusis de Rivadavia “proyecto progresista minado por la oposición de los terratenientes”. Estos terratenientes a quienes Rivadavia repartió la tierra en porciones mucho más elevadas que la permitida por la ley, serían “los futuros sostenedores de la tiranía de Rosas: los futuros miembros de la mazorca”. Nos da una lista por orden alfabético, previamente depurada de otros nombres demasiado unitarios como el del gobernador Martín Rodríguez, Ramos Mejía, Aguirre, Rojas, Lynch, Frías, el general Díaz Vélez, y sobre todo la Sociedad Rural Argentina cuyo gerente era Ambrosio Crámer. Elige de entre los enfiteutas a Anchorena, Alzaga, Alvear, Arana, Baudrix, Basualdo, Guerrico, Lastra, Miguens, Pacheco, Pirín, Sáenz Valiente, Terrero, Ugarte, a los cuales agrega después el general Quiroga y Cecilio Falcón. ¿No son apellidos de federales?... Puede ser verdad en cuanto a Anchorena, Pacheco, Arana, Terrero y el general Quiroga. Pero en cambio Basualdo, Guerrico, Lastra, Miguens, Pirán, Sáenz Valiente y Ugarte fueron entusiastas unitarios. Yunque debía estudiar con alguna mayor detención las luchas entre unitarios y federales antes de echar s rodar nombres.


Lo grave no es ser enfiteuta, sino coleccionar varias mercedes de enfiteutas : ser terratenientes por treinta o más leguas de tierras públicas, obtenidas por negociados. Estosterratenientes, como se denuncia en la Junta de Representantes en 1827 fueron Frías (con 67 leguas), la Sociedad Rural (con más de 100 leguas), Díaz Vélez (39 leguas, en un solo partido), Lynch (31, solamente en Monsalvo), Aguirre (100 leguas), Miller (33 leguas, en Monte). Etc. Ese acaparamiento, se realizó también con una sociedad de capital inglés denominada Río Plata Agricultural Association a quien Rivadavia concedió las mercedes de enfiteusis para “fomentar la inmigración’’ y la asociación las revendió en grandes lotes. Protestó contra ese acaparamiento precisamente Tomás Manuel de Anchorena en las sesiones de 1828, pues veía un peligro en la acumulación de tierras: “es una desgracia llegar a formarse una masa de hombres que poseyeran una porción considerable de terrenos y serían dueños de toda la provincia” (citado por E. S. Castilla, De Martín Rodríguez a Nicolás Avellaneda. El drama de la tierra pública, p. 38).


La “Sociedad Rural Argentina” y la enfiteusis


¿Sabe Álvaro Yunque, admirador de Rivadavia, qué fue esa Río Plata Agricultural Association tan ligada al negociado de la enfiteusis, y verdadera autora de los grandes latifundios de cien o más leguas que hubo entre la primera y segunda línea de fronteras? Pues averígüelo en un libro de la misma colección El pasado argentino donde colabora, publicando recientemente, y debido al capitán inglés J. A. Barber Beaumont. Esa Agricultural la había formado Rivadavia en Londres con capital facilitado por la casa Hullet, y acciones de fundador del gobernante argentino.


¿ Y sabe que fue esa misteriosa Sociedad Rural Argentina ligada también a la formación de los latifundios? No es, legalmente, la entidad que aun subsiste con el mismo nombre fundada el 16 de agosto de 1866, en gran parte por los ex enfiteutas de Rivadavia (a quienes se había devuelto – ahora en propiedad – sus latifundios después de la caída de Rosas). No es la misma legalmente, pero es sugestivo que el primer presidente de la nueva Sociedad Rural haya sido el último de la fenecida. Aquella. Sociedad Rural formada en Buenos Aires, era un desprendimiento criollo de la Agricultural encargada de recoger sus beneficios: la entidad inglesa vendía los títulos de enfiteusis, y la criolla los compraba. En una estaba el mismo Rivadavia, en la otra sus amigos.


Poco se ha estudiado esta sugerente Sociedad Rural Argentina acaparadora de tierras y ligada a sucios enjuagues políticos de donde surgieran fortunas colosales a pesar de que Rosas la detuvo en su marcha. Apenas si conozco las referencias de J. M. Suárez García en su Historia del partido de Lobería, que menciona lo ocurrido a la Sociedad Rural en esa jurisdicción. Le dejo la alternativa a Yunque el hacer un estudio más intenso del origen de la oligarquía vacuna, argentina.¿ Nunca le ha llamado la atención por qué el nombre de Rosas es execrado en la Sociedad Rural Argentina de hoy, mientras el de Rivadavia encuentra la más amplia veneración?


La oligarquía y Rosas


Si Rosas hubiera sido un benefactor de la oligarquía como cree Yunque, tendría hoy su correspondiente estatua en todas las plazas del país. Las oligarquías, al revés de las democracias, son agradecidas. Entonces aquel delicioso señor Barreiro que le gustaba pasear por las plazas de la ciudad, para confirmar su opinión sobre la justicia póstuma de los argentinos, vería la estatua del prócer y habría sido en consecuencia un entusiasta rosista. Y tal vez Ascua la hubiera hecho trasladar a un espectable sitio.


No ocurre así, y es por algo. Si Rosas es perseguido por la oligarquía a más de cien años de Caseros, si ésta lo odia y ha enseñado en sus escuelas y diarios a odiarlo, debe ser por causas profundas que el sector Yunque debiera meditar con detención y no manejarse por esquemas fáciles, fáciles también de desbaratar.


Es cierto que los estancieros, los propietarios que no los enfiteutas, apoyaron a Rosas en 1829. Porque el fuerte colega de Los Cerrillos significaba orden y seguridad : orden en el gobierno, seguridad en las transacciones y en las fronteras de indios. Creo que en esto, Yunque andará de acuerdo conmigo. Pero ya en 1835 recelaban a Rosas y de su inmensa popularidad, y por consecuencia inmensos poderes. Es sugestivo que en la Junta de Representantes de 1835, los dos únicos en oponerse a la suma de poderes fueron dos estancieros amigos de Rosas: Tomás Manuel Anchorena y Felipe Senillosa. No por eso dejaron de ser amigos, pero Anchorena y Senillosa preferían verlo en Los Cerrillos y no en el Fuerte, maliciando adonde lo llevarían las cosas.


Una de las primeras medidas tomadas por Rosas con la suma de poderes, fue anular la Ley de Aduana dictada en enero de ese año por la Junta de Representantes siguiendo a Anchorena (Nicolás) que mantenía el librecambismo rivadaviano. Y lo reemplazó por una nueva ley proteccionista. Inmediatamente arremetió contra los enfiteutas. No les quitó sus enfiteusis, sino le pidió el pago de los cánones atrasados (muy pocos lo hacían) y estableció que desde 1838 este cánon se elevaría al doble.


En 1838, buena parte de los estancieros propietarios y todos los grandes enfiteutas, estaban contra Rosas. Estos por la duplicación del cánon y porque Rosas les ejecutaba las deudas ya que el erario carecía de fondos por el bloqueo francés y éstos, porque el bloqueo paralizaba sus negocios de saladeristas y exportadores, y además porqué no les gustaba el olor a chusma que había tomado el rosismo. Con Rosas permanecieron aquellos que anteponían la patria a los patacones, entre quienes se cuenta toda la masa de pequeños propietarios rurales y de pequeños enfiteutas. Tal vez por encontrarse más arraigados al suelo que los otros. La política valiente de Rosas al aceptar el bloqueo francés ysus consecuencias, era perjudicial en grado sumo para los intereses rurales.


Los “libres del sur”


De esa oposición surgió el movimiento de los estancieros del sur – que tal vez Yunque denomine de “los libres del sur’’ – entre quienes se contaron los grandes enfiteutas como Díaz Vélez, Lastra, Castelli, etc., dirigido por el gerente de la Sociedad Rural Argentina, Ambrosio Crámer...o fueron solamente los enfiteutas; y también muchos estancieros – hasta un hermano de Rosas – se pronunciaron contra el tirano que anteponía la patria a las conveniencias de su clase.


Esos “libres del sur” estaban coordinados con la conspiración llamada “de los Maza” en Buenos Aires, desbaratada poco antes. También era un golpe de estancieros, aunque consiguieron enganchar a algunos infaltables jóvenes ascuosos sedientos de libertad y figuración. Manuel Vicente Maza, estanciero y abogado, íntimo amigo de Rosas y que debía a don Juan Manuel no solamente su figuración política sino toda su fortuna personal, se puso al frente de la conjura; su hijo Ramón debería matar al Jefe de Estado, que don Manuel Vicente reemplazaría como presidente de la Junta de Representantes que era, y entonces haría la paz con los franceses pasando por lo que éstos quisieran a fin de levantar el bloqueo, objetivo perseguido por el complot. Habría entonces libertad para comerciar libremente, sin que gobernantes con escrúpulos patrióticos trajeran conflictos con países con cañones y buques como para cerrar el puerto.


La traición de los estancieros


Después de la dura lección de 1839, los estancieros aceptaron con resignación el hecho Rosas. Conspiraron cuando las cosas se ponían favorables, como en 1840 al acercarse Lavalle hasta Merlo y anunciarse el desembarco inminente del almirante Baudin en la Recoleta. Pero Rosas y el pueblo les enseñaron a no conspirar con los extranjeros ysus auxiliares en el tremendo susto de las rojas jornadas del mes de octubre.


Es un hecho cierto que la casi totalidad de los estancieros estuvieron, sobre todo cuando las cosas se prolongaron y el nuevo bloqueo anglofrancés quedó establecido en 1845, en contra de Rosas. La política del Restaurador exigía muchos sacrificios patrióticos, cuyo precio no estaban dispuestos a pagar. Por otra parte, ya había orden y no era de esperar que vinieran los desórdenes unitarios : éstos habían aprendido en la emigración a ser más realistas, y ahora se llamaban “federales liberales”. Anhelaban la caída de Rosas desde los viejos estancieros federales, como Nicolás Anchorena – tan distinto en tantas cosas a su hermano Tomás Manuel – hasta el mismo ministro de Relaciones Exteriores don Felipe Arana como lo cuenta en 1849 un curioso documento debido a la pluma del espía portugués Gravelle al servicio de Montevideo. En realidad muy pocos de los estancieros (Tomás Manuel Anchorena, muerto en 1847, y muy pocos otros) apoyaban a Rosas en vísperas de Caseros.


Rosas tenía, en cambio, el gran apoyo de masas que nunca le faltó y la adhesión entusiasta de quienes anteponen su patria a sus conveniencias de clases, que en un país con espíritu de nacionalidad son muchos más de lo que creen los marxistas.


La política agraria de Rosas


Yunque dice que “Rosas repartió la tierra pública entre los grandes estancieros”, citando en apoyo una dubitativa frase de Lucio López: “Rosas y otros gobiernos malbarataron la tierra pública en una forma arbitraria e irregular”.


Dentro de su pensamiento oligárquico, Lucio López dice una cosa que le parece justa. Rosas malbarató la tierra, pues la regaló en su mayor parte, en una forma arbitrariadándosela a los federales e irregular porque él y sus jueces de paz resolvían quienes eran dignos de recibirla. De allí a suponer que la repartió a los “grandes estancieros” como deduce Yunque, media un gran trecho.


Voy a hacerle un resumen de las dos principales disposiciones agrarias de Rosas.


1º) El 10 de mayo de 1836 resuelve vender por ley, 1.500 leguas de tierras ocupadas por enfiteutas, o libres de ellas. Solamente se vendería a los enfiteutas “según título”, eliminándose a los especuladores, sus enfiteusis, quedando a la voluntad de los enfiteutas adquirirlas o no, pero advirtiéndoles que desde 1838 se aumentaría el cánon al doble. El precio seria de cinco mil pesos la legua, la tierra al norte del Salado (las más alejadas de los indios y más cercanas Buenos Aires), cuatro mil la situada entre el Salado y las sierras de Tandil, tres mil las que rodeaban Bahía Blanca al sur de las sierras.


A los pequeños enfiteutas poseedores de uno suerte de estancia (media legua por legua y media : más o menos 1.800 hectáreas) se les daba toda clase de facilidades. La tierra libre de enfiteutas se vendería exclusivamente en suertes de estancias. Estas “suertes” eran entonces un verdadero minifundio.


Ocurrió que solamente los pequeños enfiteutas compraron las tierras que poseían, no haciéndolo así los grandes, mientras la tierra libre de ocupantes fue vendida en su totalidad en “suertes” de precios que no pasaban de dos mil pesos papel. Pues la tierra pública “libre de enfiteusis” era, principalmente, la ganada a los indios por la expedición de 1833 y poco segura.


2º) En 1838 cesaron las ventas porque nadie tenía dinero a causa del bloqueo, y también porque era arriesgado un negocio rural por el detenimiento de las exportaciones. Como nadie compraba tierra, Rosas resolvió regalarla: que fue lo que hizo por ley de 28 de mayo de 1838 con el remanente de la tierra pública ganada a los indios, o con las grandes extensiones dadas anteriormente en enfiteusis (que había expropiado por falta de pago del cánon). La regaló en extensiones que iban de seis leguas a los generales, coroneles y altos jefes de su administración, hasta media legua a que tenía derecho a optar cualquier ciudadano. Solamente permitió la enfiteusis en las zonas fronterizas, perjudicando a los grandes enfiteutas con tierras cercanas a Buenos Aires.


Rosas y la pequeña propiedad


La tierra pública de la nueva línea le fronteras (al oeste de 25 de Mayo, Tapalqué, Tandil y Cabo Corrientes), quedó en poder de pequeños propietarios rurales. Y mucha de la situada al este. Estos pequeños propietarios fueron ayudados por el gobierno a desenvolverse.


Cuando la tierra vale tres mil pesos la legua (casi un peso la hectárea), el índice de la riqueza lo da el valor del ganado y no del terreno. Si consideramos que una vaca criolla valía 20 pesos, lo mismo que un caballo, mientras una oveja cuatro pesos; podemos decir que una vaca vale veinte hectáreas, veinte un caballo y cuatro una oveja. Una tropilla de cincuenta caballos era tanto como una “suerte” de estancia, y Calfucurá arreándose cuarenta mil vacunos, más poderoso que Anchorena con toda la extensión de “Las Víboras”.


Quien quería una “suerte” de estancia o un “cuartillo” de legua, debería dirigirse al ministro de Hacienda solicitándolo con la prueba de que era “buen federal”. Como se descontaba no tenía el capital para poblarlo, el gobierno le . daba facilidades en la Casa de Moneda (que hacía a manera de Banco Oficial y único). Un “cuartillo” debería poblarse con 200 animales mayores o 500 lanares : es decir se necesitaba disponer de cuatro mil pesos. No podía el aspirante hipotecar su campo, en primer lugar porque aún no era suyo (lo seria al poblarlo) y además porque el valor de la caución era muy reducido comparado al crédito. Un cuarto de legua al sur de Tandil valía apenas 500 pesos. Pero a todo suplía la arbitrariedad e irregularidad de Rosas : si el ofertante presentaba una fianza personal del juez de paz sobre su solvencia moral y su condición de buen federal (que una cosa era semejante a la otra para aquellos tiempos), la Casa de Moneda le adelantaba los cuatro mil pesos pagaderos por anualidades con un interés bastante módico del 5 por ciento. Y si por epidemias o sequías, no podía cumplir sus compromisos bancarios, otro testimonio del juez de paz explicando la circunstancia, servía para conseguir prórrogas. Ahora que, si no pagaba por otras cansas... mejor es que se fuera de la provincia. Desde luego: la tiranía de Rosas era irregular y arbitraria porque elegía “a los buenos federales” para Yunque. ¿Quería que eligiese a los oligarcas?


La conquista del desierto por Rosas.


La pequeña propiedad se desarrolló considerablemente en estas zonas fronterizas con los indios. Los indios ya no eran un peligro grave. Se ha hablado mucho de la conquista del desierto por Rosas en 1833, y pocas veces se ha dicho lo que fue. Rosas no marchó al sur para exterminar a los indios, sino para tomarles los valles del Colorado y Negro – el “camino de las vacas’’ – por donde los indígenas llevaban a Chile el producto de sus malones. Fuera de unos pocos combates en la zona de Choele Choel, no hubo lucha : se limitó a establecer fuertes allí, y anexar la tierra que iba desde el sur a Bahía Blanca.


A los indios que ocupaban el oeste de Bahía Blanca los dejó en perfecta tranquilidad. Su objeto había sido quitarles la causa de sus malones : la venta en Chile de lo robado en la Argentina. Ahora que no tenían como llevarse las vacas a Chile, tampoco tenían interés en hacer grandes malones. Hubo paz perfecta, o casi perfecta, en la provincia.


No quiero decir que las depredaciones de los indios cesaron por completo. Hubo algunas correrías para apoderarse de alcohol, caballos o mujeres, pero fueron hechos pequeños, que la guardia fronteriza era suficiente a reprimir.


No bastaba con dejar a los indios sin el “camino de las vacas” y desentenderse de ellos, y no lo hizo Rosas. Empezó por entenderse con Calfucurá, el poderoso Piedra Azulnuevo señor de Salinas Grandes, y firmó con él un tratado de mutua conveniencia. Calfucurá recibía la divisa punzó y como funcionario de la provincia respondería de las depredaciones de los demás indios : si no podía evitar que alguna partida maloqueara por lo menos avisaría al comandante más próximo. En retribución recibiría cargamentos de yerba, azúcar, alcohol y alguna puntita de yeguas de carne dulzona y tierna para distribuir a los indios. El humanitarismo de Rosas agregaba la visita de un médico que vacunaba a los indios contra la viruela, la temible plaga de las tolderías. Por eso Pincén repetiría muchos años después : “Juan Manuel muy bueno pero muy loco : nos mandaba un gringo a tajearnos el brazo porque creía que era un gualicho contra la viruela”.


Rosas conocía bien a los indios. No engañan, si el cristiano no los engaña antes. Por eso vigilaba (y era fácil en su ordenado gobierno) que se cumplieran religiosamente los tributos trimestrales, y todo aquello factible pedido por Calfucurá. También años después Piedra Azul amonestaba a Mitre, cuando los tributos prometidos por el desordenado gobierno de éste se perdían entre las uñas de los proveedores mitristas (como cuenta el libro de Barros) : “Juan Manuel nunca engañó”.


Ruina de los pequeños propietarios


Consecuencia de Caseros fue la desaparición de la clase de los pequeños propietarios rurales.


Las causas fueron varias. Anoto algunas :


1º) Los malones. Los libertadores abrieron “el camino de las vacas” al retirar los fortines del sur, y no pagar el tributo a Calfucurá,. En consecuencia, Piedra Azul – que no era nada sonso – reinició el negocio de los grandes malones como Yanquetruz o Aneafilú antes de 1833. Formó una poderosa confederación donde entraron borogas, pampas yranqueles, y lanzóse sobre la tierra de los huincás, devastó, robó, incendió, mató, cautivó. Nadie lo podía detener: Bartolomé Mitre con un ejército de las tres armas fue corrido ignominiosamente en Sierra Chica, Granada quedó derrotado, Rivas debió encerrarse en 25 de Mayo. Calfucurá arrasó Bahía Blanca, Tres Arroyos, en fin todo aquello al sur del Salado y oeste de 25 de 3[ayo: precisamente la zona de la pequeña propiedad. Mientras por el noroeste Painé con sus ranqueles invadía Mendoza, San Luis y llevaba sus depredaciones hasta Rojas. Emilio Mitre salió a correrlo, pero tuvo que volverse corrido por el astuto cacique.


2º) La política crediticia. Las arbitrariedades e irregularidades del paternalismo de Rosas – como dice Lucio López – permitieron desarrollarse y prosperar la pequeña propiedad. Pero eso terminó después de Caseros : los estancieros de media o un cuarto de legua – federales en su totalidad – no encontraron en los nuevos jueces de paz, avales para su honradez. Tampoco la Casa de Moneda, ahora llamada Banco de la Provincia, con estatutos elaborados por Vélez Sársfield según el modelo del Banco de Inglaterra, permitía aceptar letras con la sola referencia personal de los jueces de paz.


Los pequeños estancieros debieron recurrir al crédito usurario, o hipotecar sus lotes en el flamante Banco Hipotecario de la Provincia, que acabó quedándose con todas ellas. Porque tampoco la institución daba prórrogas con la excusa de pérdida de cosecha o de malones de indios ; o porque el propietario era arrastrado hacía un cantón de frontera – como cuenta Martín Fierro – y la esposa o la viuda deberían abandonar el campo.


De una manera o de otra la pequeña propiedad desapareció. Cuesta creer que Mitre haya sido ajeno a ello. Cuesta creer que un guerrero de su reputación pueda ser derrotado por Calfucurá como lo fue Mitre en Sierra Chica. ¿No habrá, habido el propósito de dejar que los indios limpiaran de pequeños propietarios federales los campos fronterizos?


Vuelven los enfiteutas.


Los enfiteutas unitarios – los grandes enfiteutas de la Sociedad Rural y de la Agricultural – regresaron con Caseros. Una ley dispuso devolverles sus tierras “inicuamente despojadas por el tirano prófugo”. Aunque la ley hablaba de darles nuevamente su titulo enfitéutico, lo cierto es que su derecho - por obra conjunta de Valentín Alsina, Mitre y Vélez Sársfield, y tampoco anduvo ajeno Sarmiento ministro de gobierno de Mitre en 1861 – se convirtió en derecho de propiedad. Así el general Eustaquio Díaz Vélez, cargado de añosy de gloria, volvió de su exilio en Montevideo al entregársele todos sus campos de Necochea y Tandil; no ya en enfiteusis, sino en legítima propiedad.


Y algo más también : hubo de indemnizarse a los héroes, y Díaz Vélez como todos los enfiteutas y sus familias, recibieron millonarias sumas por los años que no ocuparon las tierras de la enfiteusis pagándose el precio corriente del arrendamiento en 1856 por lucros cesantes del año 1838. Que les permitieron poblar con ganado tarquino sus inmensas heredades.


Así nació la mayor parte de la oligarquía terrateniente, que tanto preocupa al señor Álvaro Yunque. Y resurgió en 1866 la Sociedad Rural Argentina.


Los “nuevos” estancieros


Hay más. La venta hecha por el Banco Hipotecario de la provincia de las tierras de aquellos pequeños propietarios que no podían pagar sus amortizaciones, se hizo en grandes lotes reunidos y pasó por lo tanto a pocas manos. Se formaron grandes heredades, en 9 de Julio, Saladillo y la zona de Mar del Plata: una nueva clase de estancieros unitarios, como el Dr. Salvador María del Carril considerablemente enriquecido en el austero ejercicio de la vicepresidencia en Paraná y de una vocalía en la Suprema Corte, se compró casi todo el partido de Saladillo. Los Casares, recién llegados de España, compraron San Martín de Cañuelas, que era de Rosas. Y las estancias del caído Restaurador fueron distribuidas entre adictos a la libertad.


Los “viejos” estancieros


He dicho que los estancieros que fueran federales en 1829 no estaban con Rosas desde 1838, salvo una que otra excepción. Lo disimulaban, pero no eran rosistas: el “rosismo” era una cosa con olor a gaucho y a negro.


Encabezados por Nicolás Anchorena, irían a Palermo a felicitar a Urquiza por su triunfo de Caseros, Felipe Arana (nada menos), Tomás Guido y todos, todos, los demás. Mientras en los Árboles de la, Residencia colgaban todavía los cadáveres de los hombres de la División Aquino, sencillos gauchos inmolados por su lealtad con el tirano; y poco más allá se podría el cadáver del unitario Chilavert fusilado por la espalda por haber defendido a Rosas y a la patria en la batalla.


Estos viejos estancieros, como los ex-enfiteutas, como los “nuevos”, medraron con la tierra pública en los repartos que harían ahora Mitre, Sarmiento, Avellaneda y Roca, en cuyo partido: el liberal, escindido en alsinista o mitrista, militaron desde el 4 de febrero de 1852.


Cuando ya no quedó un sólo pequeño propietario al sur del Salado ; Alsina llevaría en 1871 la línea de fronteras – ahora protegida por una zanja, con buenos fuertes y excelentes guarniciones – hasta Trenque Lauquen y Carhué. Había que proteger la propiedad rural. Y la nueva tierra ganada sobre la frontera de Rosas (aquella entre Blanca Grande y Trenque Lauquen) se “vendió” en muy pocas manos. Un ejemplo es el partido 9 de Julio. Finalmente, para completa seguridad, Roca exterminó a los indios entre 1878 y 1879.


La culpa la tuvo Rosas


Yunque cree que este apoderamiento por pocos de la tierra ganada al indio en 1878 y 1879 se debe a Rosas. ¿ Habremos leído mal? No. Dice bien claro: a Rosas. ¿Por qué a Rosas que en 1879, hacía dos años que estaba muerto en el cementerio de Southampton? Porque Rosas “fue el creador de la oligarquía y quienes repartieron la tierra lo hicieron siguiendo el ejemplo de Rosas. Desoyeron a Rivadavia, desoyeron a Mitre, desoyeron a Sarmiento, desoyeron a Avellaneda”. ¿“Desoyeron... ”? Precisamente Mitre, Sarmiento yAvellaneda fueron los presidentes que repartieron la tierra pública, y la otra, a los grandes propietarios. Y Rivadavia el creador de la Agricultural, benefactor de la Sociedad Rural yculpable de la enfiteusis que hizo posible el latifundio de 100 y más leguas en la provincia. Tal vea ellos se desoyeron a sí mismos, pues alguno – Avellaneda – escribió sobre el reparto de la tierra pública en pequeñas parcelas, pero cuando la repartió desde el gobierno, lo hizo a carradas.


¿Por qué le resultará a Yunque culpable Rosas de lo ocurrido en 1879, y no Avellaneda que era el presidente en 1879, o Sarmiento que acababa de serlo y ocupaba entonces el ministerio del Interior, o Mitre cuya influencia desde la cómoda oposición de La Nación era concluyente? Debo suponer, en primer lugar, por el inconmovible antirrosismo del señor Yunque ; luego, tal vez, porque acostumbrado a oír elogios a las figuras de la oligarquía su criterio no le ha permitido sacudirse los próceres ; y finalmente porque en su manera de pensar por esquemas, Rivadavia, Mitre, Sarmiento y Avellaneda no fueron estancieros y en cambio Rosas – aún difunto y exilado – sí lo había sido. No parece darse cuenta que Rivadavia, Mitre, Sarmiento y Avellaneda fueron algo muy grave: políticos, escritores, militares y periodistas al servicio de la oligarquía, y por lo tanto interesados en fortalecer una clase social de grandes estancieros que dominaran feudalmente la campaña. La gran política de los caudillos; apoyados en un gran prestigio popular fue barrido por ese pequeño feudalismo de cepo y látigo de los estancieros amparados en su titulo de propiedad y en la protección desde arriba


                                      José María Rosa



Fuente: http://www.pensamientonacional.com.ar