lunes, 27 de mayo de 2013

Editorial de Eduardo Aliverti en Marca de Radio del 25 de mayo de 2013

Marca de Radio – 25.05.13
10 años K
Eduardo Aliverti

Entre los muchos y reiterados episodios que día tras día ratifican quiénes son los jugadores en el partido de hacer pelota al Gobierno, justificadamente o a como sea, parte de esta columna trata de uno en particular. Con toda certeza, no se trata del hecho que más sueño masivo quita. Es, sólo, que al suscripto le parece muy contundente.

Podría haberse elegido que el monto aumentado de la Asignación Universal por Hijo fue una noticia que no existió para los medios opositores. O, mejor todavía, que el anuncio presidencial sobre control de precios a cargo de organizaciones populares fue transformado inmediatamente en milicias de escrache inútil y violento. Sin embargo, (nos parece que) la reacción mediática frente al texto de Carta Abierta, difundido ayer, brinda un lugar de análisis mucho más amplio que el abordaje de las manipulaciones de prensa cotidianas. El documento de los referentes intelectuales, científicos y artísticos nucleados en ese espacio -que surgió en 2008 para oponer alguna mirada de análisis progresista y sosegado contra la bestialidad de la ofensiva campestre- es una pieza de gran valor teórico y denunciativo acerca de qué se persigue al fabricar y potenciar una atmósfera de pudrición, cuando hay gobiernos contradictores de ciertos intereses de clase. Está escrito en un lenguaje más enojado pero menos retorcido que alguno de los anteriores. Citemos algunos conceptos de elección tan personal, resumida y descriptivamente alterada como de profunda articulación semántica. Son actores de un relato que afirma la condición autoritaria y hasta dictatorial del Gobierno, para generar las condiciones de una irrevocable restauración conservadora. (…) El vodevil televisivo, el stand up ingenioso, el improperio pseudovirtuoso del periodista, puestos al servicio de una Justicia express que, una vez más, nos demuestra que todo está perdido mientras nos dejemos gobernar por un populismo de hipócritas. (…) Sabemos que este conjunto de palabras apunta a erosionar la figura pública de un ex presidente, en una acción que se torna una respuesta de music hall para problemas que merecen otro tratamiento. (…) Lo atacan, hasta la náusea y utilizando todos los recursos a su alcance, por haber reinstalado la idea de que (…) lo justo no constituye una quimera inalcanzable o una reflexión académica, sino la práctica posible de un proyecto sostenido en los principios de la igualdad y la ampliación permanente de derechos. Lo atacan porque Videla murió en la cárcel y porque propone, con más costos que  beneficios, que la Justicia puede y debe ser reformada. (…) Una simple y rápida revisión del papel de ciertos medios de comunicación en nuestra historia, al menos desde Yrigoyen en adelante, permitiría poner en evidencia la falta de originalidad de la actual campaña desestabilizadora que se viene llevando a cabo en nombre del `periodismo independiente´. Otro tanto comprobaríamos con sólo echar un vistazo a lo que ocurre en otros países de la región en que los intereses de la derecha se complementan, perfectamente, con el funcionamiento de los grandes medios de comunicación. Nunca ha sido tan clara la intervención desestabilizadora de la máquina mediática puesta al servicio del establishment económico-financiero. Un lenguaje surgido de las letrinas amarillistas y de las gramáticas del golpismo histórico se despliega con virulencia insidiosa desde las usinas del poder mediático, que han dejado de apelar a cualquier tipo de argumentación para desencadenar, una tras otra, unabatería de rumores, mitos urbanos de enriquecimientos olímpicos, denuncias indemostrables articuladas con una colección de personajes que van de los lúmpenes del jet set vernáculo a una ex secretaria despechada”.

Razonamientos de esta índole -que, reiteramos, son una ínfima porción cuantitativa del escrito de Carta Abierta- fueron reducidos por un título y columna de opinión de Clarín (entre otras reacciones) a que “Báez no existe y los denunciantes son nazis”, forzando el discurso -dice el copete- para presentar las denuncias como “antisemitas”. Si lo primero es inaguantable pero artificialmente efectivo, lo segundo es amoral. No hay en el texto una sola palabra ni intención de la prosa que invite a ignorar a Báez, sino la advertencia de que el caso Báez debe ser ubicado en el contexto de la guerra que Clarín le declaró al Gobierno. Y lo que el editor y el columnista de ese diario identifican como “antisemitismo” es un parágrafo, en el que se avisa de los antecedentes de climas periodísticos donde se hace cabalgar con mayor o menor grado de ingenio a los jinetes del Apocalipsis. El colega que firmó esa nota de Clarín rotula como antológico y fascinante -por la negativa, por lo execrable- que la corrupción sea señalada como una verdad fundamental pero abstracta. Lo que se le perdió de vista es justamente que lo abstracto no pasa por ignorar las andanzas de Báez o de cualesquiera de los empresarios amigos del Gobierno, sino por pretender que escribe cual adolescente virgen en una usina de carmelitas descalzas.

Mientras tanto, hoy cumple 10 años la gestión kirchnerista y quiero compartir ciertas reflexiones que firmé (REF: suplemento Página/12). Digo allí que tomar las dos puntas del kirchnerismo, la inicial y la presente, puede revelarse como un buen método para juzgar dos de las cosas que se tienen centralmente en cuenta a la hora de los balances: coherencia y eficacia.

Kirchner asumió bajo un vigente clima de que debían irse todos y, si es por aquellos que sucumbieron al fácil discurso de la antipolítica o a la confianza infantil en un espíritu asambleario permanente, esos “todos” permanecieron en su gran mayoría. Inclusive, Kirchner quedó por descarte tras los abandonos de De la Sota y Reutemann; y no debería olvidarse que la suma de opciones de derecha y peronismo tradicional había resultado claramente victoriosa, en la primera y finalmente única vuelta electoral de 2003, con casi el 55 por ciento de los votos (Menem, López Murphy, Rodríguez Saá y si se lo desea puede agregarse el 14 por ciento de Carrió, que, si bien expresó un discurso anticorrupción, formaba parte de la familia politiquero-institucional; y no se adosa el 22 por ciento del propio Kirchner en función de que, aunque desconocido o irrelevante para las mayorías, se erigió como herramienta antimenemista). La cuestión es que, aunque esa suma daba un favoritismo popular de sufragios en beneficio de los todos que debían irse, Kirchner leyó que el clima de irritación subsistía y que las fórmulas no podían ser las mismas. Ocurrió lo que no puede desmentirse. El kirchnerismo fue a contramano de los diagnósticos y recetas sempiternos. Y tras su única derrota electoral en 2009 -en los centros urbanos más importantes- redobló la apuesta hacia izquierda para volver victorioso a los dos años. Es entonces cuando se toma la punta de la actualidad para advertir que las grandes líneas de disposición progresista con que el kirchnerismo sorprendió, a partir de 2003, se ven reflejadas en quienes hoy le muestran los dientes. El “campo”, las corporaciones comunicacionales asociadas a él, las franjas más retrógradas de la Justicia, los sectores medios siempre asimilables al odio de clase. Eso es una acumulación política nada desdeñable.
Prospectiva. Establecedora de plataforma para poder avanzar.

Si se mira hacia dentro de unos años y ocurriese la comprobación de un fin de ciclo -como escupe la oposición mediática y sus escribanos sueltos- quien firma no cree que estas reflexiones perderían valor necesariamente. A nuestro juicio, el kirchnerismo estableció un piso de conquistas sociales, simbólicas, económicas y hasta culturales de retorno complejo, en el anclaje de vastos sectores populares y de clase media. Por supuesto: todo puede retroceder si se trata de las condiciones subjetivas. Pero las objetivas, hasta donde uno ve, no indican ese escenario. Cuesta mucho imaginarse que los valores de derecha pudieran ser restablecidos cual soplar y hacer botellas. Y menos que menos con el tipo de dirigentes que hay y asoman en ese espacio. Tampoco favorecen a una perspectiva de tal naturaleza los vientos que soplan en la región ni los estructurales que se perciben en el mundo, con una orientación más proclive al capitalismo de Estado. Un terreno internacional orégano como el que benefició al menemato, para arrasar con la memoria y los logros históricos de una de las sociedades con mayor movilización ascendente del siglo XX, es razonable como poco cierto a corto y mediano plazo. Nada de todo eso supone que no haya algunas preguntas de dificilísima respuesta. ¿Hay kirchnerismo sin Cristina al frente? ¿Bastaría para preservarlo si ella tuviera que ejercer un rol preponderante, pero ya no al frente del Ejecutivo? Esta dinámica populista que lo K representa, en la acepción positiva que siempre supo precisar Nicolás Casullo respecto de “populismo”, ¿se sostiene sin un líder incuestionable o incuestionado? (…) El proyecto de largo alcance siempre se imaginó con los dos. Con Néstor y Cristina. No con uno solo. Atención con lo que eso involucra en procesos que, latinoamericanamente dicho, requieren de liderazgo personal como condición casi excluyente. El imprevisto de la muerte fue el que fue. Y la única realidad es que estamos como estamos, con la incógnita que nadie todavía puede resolver -ni en el oficialismo ni la oposición- acerca de a quién otear como figura indiscutible, o de buen aliento, para el próximo lapso. Pero el solo hecho de que, si Kirchner viviera, estaríamos hablando de una chance muy alta de continuidad -así fuere por el default de la oposición- habilita a pensar que la potencia del modelo, dinámica, proyecto, energía populista, o como quiera denominarse al kirchnerismo, es teóricamente prolongable; ya sea porque volvería a ganar, o porque su asiento popular tornaría complicado que se pudieran liquidar sus avances. Las dos eventualidades también pueden darse con Cristina o quien ella determine, pero es más arduo.

Apoyado en esa hipótesis o convicción, se sustenta que, al cabo de 10 años, la probabilidad de que “lo K” persista es atendible. A esta altura del sultanato (bastante antes, en realidad) se percibía su decadencia inevitable y estaba surcado por luchas intestinas irreconciliables. No es el caso. Nadie niega ya, seriamente, que la menemista fue una década perdida. Que acabó como acabó. En cambio, es discutible que la kirchnerista no sea una década ganada si se la ve desde las reparaciones mínimas, o considerables, de que gozaron sectores populares, medios, profesionales, pymes. En otras palabras, tomados períodos de 10 años o alrededor para arriba o abajo, en la historia política argentina, la foto enseña golpes violentos de la oligarquía, ocaso, decepciones profundas, hiperinflación.

Se reitera: no es el caso y lo certifica que la oposición es comandada por un grupo mediático. No por un partido, ni conductor, ni organización social. Con un mínimo grado de honestidad intelectual, ideológica, perceptiva, debería admitirse por lo menos eso.
Que por algo hay una gestión en condiciones de dar pelea. Después de 10 años, nada más o nada menos.